Imagina que hubieras nacido en el paleolítico, pongamos hace 15.000 años.
Lo más probable es que, si hubieses sobrevivido hasta tu edad reproductiva, pongamos 13 o 14 años, habrías empezado a tener hijos sobre esa edad.
Pasados los treinta, y suponiendo que no hubieras fallecido antes (que es mucho suponer), tus descendientes vivos entrarían a su vez en su edad fértil.
Desde el punto de vista evolutivo, tu trabajo habría prácticamente terminado.
No sabemos a ciencia cierta cómo era la vida antes de la llegada de la agricultura, pero conocemos lo suficiente como para especular que ante la escasez de recursos, situación frecuente para los humanos en el paleolítico, en ese momento tú hubieras dejado de ser una prioridad.
Desde una moral y una visión moderna de la existencia, esto nos parece injusto y duro, pero desde el punto de vista antropológico y evolutivo tiene todo el sentido: habrías pasado a ser prescindible.
Básicamente, en ese punto estarías llamado a devolver tus átomos al universo.
En concordancia, nuestra biología se forjó para funcionar con plenitud hasta cierta edad, a partir de la cual el proceso de degeneración y envejecimiento se aceleran.
El diseño no contemplaba la posibilidad de que el vehículo biológico, nuestro cuerpo, siguiera funcionando plenamente pasados los 40 o los 50.
Pero, si ya no vivimos en el paleolítico, no tenemos por qué conformarnos con un diseño concebido para un mundo que ya no existe… además, nuestra labor ya no termina a esa edad.
Tenemos mucho por hacer muy pasados los 40.
Y herramientas para ser plenamente funcionales mucho más allá de los 50.
Debemos usar estas herramientas y llevar a cabo el trabajo de mantenimiento necesario para que esta realidad sea posible.
Entrenamiento, suplementación, descanso, alimentación…
Porque una cosa es alimentarse para simplemente sobrevivir, y otra muy distinta es alimentarse para prosperar y mejorar.
Estamos rodeados de opciones alimenticias que no están alineadas con la mejora y la optimización de nuestra biología. Esto se manifiesta, por ejemplo, en un claro descenso en las últimas décadas de la ingesta de alimentos ricos en ácidos grasos omega 3.
Este es un nutriente esencial para el ser humano, clave para controlar la inflamación, para un óptimo equilibrio hormonal y para nuestra salud cerebral.
No podemos prosperar sin él.
La buena noticia es que, a diferencia de los humanos que vivieron hace 15.000 años, tenemos a nuestro alcance muchas opciones de alimentos ricos en omega 3, tanto de origen animal como de origen vegetal.
La mala es que solo podemos llegar a niveles saludables a partir de los de origen animal.
En esta primera mitad del siglo XXI, en un mundo de abundancia, donde tenemos tantas cosas por hacer y en el que nuestro vehículo biológico debe durarnos mucho más de cuatro décadas, consumir alimentos que no son óptimos para nosotros es utilizar las herramientas equivocadas.
A no ser que quieras devolver tus átomos al universo antes de tiempo.