Hace muchos años volaba con frecuencia al aeropuerto de Ginebra.
Las primeras veces no prestaba ninguna atención a los paneles publicitarios en los pasillos de la terminal, pero, como saben los chicos listos del marketing y la publicidad, la psicología del consumo (y de las ideas) funciona por repetición.
Así que, efectivamente, después de un montón de veces caminando por esos pasillos impregnándome de imágenes de relojes Patek Philippe, Audemars Piguet y, sobre todo, Blancpain, empecé a ser más consciente de lo que yo llevaba en mi muñeca.
Me di cuenta de que no necesariamente tenía que llevar un reloj caro, pero que sí tenía que escogerlo con más intención. Con convencimiento.
Uno de esos principios básicos de psicología que utilizan los chicos de la publicidad es que ésta funciona mejor en la gente que piensa que es inmune a ella.
Todos somos permeables a los mensajes repetidos, y quizá, si en lugar de en Ginebra hubiera estado aterrizando con frecuencia en Turín, ahora estaría obsesionado con quién es el mejor jugador de la Juventus. Quién sabe…
Aunque lo dudo, no tengo ningún interés en el fútbol y no creo que eso cambiara por mucho que me expusiera a ese deporte.
La cuestión es que los paneles que sí veía, o que llamaban más mi atención, eran los de Blancpain, la marca de relojes más antigua del mundo.
Hace unas semanas viajé a Ginebra una vez más (con mi amigo Daniel Brull, por cierto) a sentarme a hablar con la persona que hizo bandera de nunca fabricar un reloj de cuarzo.
“Es un ordenador en tu muñeca, ¿quién quiere llevar un ordenador en la muñeca?”, decía ya en los años 80 Jean-Claude Biver.
También fue el artífice de que, en las películas de James Bond, el agente 007 dejara de usar Rolex y se pasara a Omega. Nada menos.
Tenía ganas de conocerlo en persona porque las historias y anécdotas que rodean su figura son legendarias.
Como legendaria es su pasión y su energía.
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Se dice que con el tiempo uno acaba por repetirse o por contradecirse.
No hay nada de malo en ninguna de las dos, aunque yo prefiero contradecirme: es más humano, más poético y más estético.
Así que no te sorprendas si un día me ves con una camiseta de la “La Vecchia Signora”.